Como ya he comentado varias veces en este blog, me considero una persona “Type B”. Aunque es una etiqueta que hoy está muy de moda, en palabras simples, soy una chica sensible y un poco desordenada, pero a la vez sumamente “cuadrada” con mis morales, las cosas que me gustan y el entorno que me acomoda.
Quizás la palabra exacta es testaruda, pero no en un sentido negativo. Simplemente existe mi “burbuja” de comodidad; mi lugar seguro. Y cada vez que alguien hace algo distinto dentro de ese espacio, no lo soporto: me incomodo, me estreso y, honestamente, la paso mal.
Esta rigidez me jugó en contra cuando decidí salir de mi zona de confort. Al irme de intercambio, terminé viviendo en un departamento con dos roommates que no conocía. De un día para otro, en un país extraño, compartía mi vida (y hasta el baño) con personas de culturas totalmente diferentes.
Al principio, me costó mucho ponerme cómoda. Esa fue mi verdadera prueba de fuego para aprender a soltar. Entendí que si quería sobrevivir con flexibilidad y adaptarme a los cambios que no podía controlar, no podía gastar mi mente ni mi cuerpo intentando que todo fuera perfecto dentro de mi burbuja. Aprendí que adaptarse y dejar de vivir bajo tus propias reglas —manteniendo límites, claro— es esencial para desarrollarse en el mundo real y, sobre todo, para proteger tu propia paz.
Pero, ¿dónde está la línea fina entre ceder y mantener tus límites?
Lo que más me costó fue aceptar el desorden ajeno. Muchos pensarán: “Fer, debiste haber puesto límites con la limpieza”, y quizás tengan razón. El problema era que vivía con un chico bastante desordenado; dejaba sus platos sucios y jamás se preocupaba por el orden común (teníamos otra roommate que sí ayudaba mucho). No es que él no hiciera nada, hacía lo mínimo: poner los platos en el lavavajillas si estaba vacío y no dejar basura tirada. Se notaba que era más joven que nosotras y, a ratos, parecíamos sus mamás.
Quienes han vivido con extraños me entenderán: yo no soy nadie para reeducar a un desconocido de otra cultura, y la verdad, no tenía ganas de hacerlo. Aunque mantener el lugar limpio es una forma básica de respeto, decidí dejarlo pasar. Solo compartíamos la entrada y la cocina; no valía la pena armar un drama por eso.
Limpiar lo que faltaba me tomaba apenas cinco minutos extra. Si bien me habría aliviado que él ayudara, sabía que aquello era temporal. En unos meses, no lo volvería a ver en mi vida.
Ese intercambio me enseñó que la línea fina entre mantener tus límites y adaptarte se llama Prioridad.
Limpiar esos platos me tomaba 5 minutos; pelear por ellos me tomaba todo el día de mal humor. Aprendí que mi paz mental no podía depender de las acciones de un desconocido. Soltar no fue "aceptar el desorden", fue aceptar que no puedo controlar el mundo, pero sí puedo controlar cuánto permito que el mundo me afecte.
Ahí empecé a ser "Clean-ishh": cuidando mi metro cuadrado, manteniendo mis básicos y dejando que el resto fluyera (aunque fuera un poco caótico). Mi energía era necesaria para vivir mi experiencia, no para ser la mamá de nadie.
A todas mis chicas 'Type B' y testarudas por naturaleza: las entiendo. Es difícil dejar que el mundo sea caótico cuando nuestra mente necesita orden para respirar. ¿Alguna vez te has sentido como la 'mamá' de tu entorno? ¿Cómo lograste soltar? Cuéntame tu historia abajo, quiero saber que no soy la única que ha pasado por esto.
1 Comentarios
Sinceramente, me dio un poco de nervios publicar esto porque siempre trato de mostrar mi lado más 'controlado' 😅, pero sentía que ya era hora de admitir que a veces prefiero lavar platos antes que pelear conmigo misma. ¿Qué es eso pequeño que han dejado fluir para no amargarse el día? ¡Me encantaría leer si alguien más se siente igual! 👇
ResponderBorrar